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domingo, 14 de diciembre de 2014

EL RACISMO EN FERGUSON MUEVE LAS PLACAS TECTÓNICAS DE EEUU

Tomás Martínez

Una intensa ola de masivas movilizaciones ha zarandeado estas dos últimas semanas a muchas ciudades de EEUU, amenazando con poner en jaque la hasta ahora estable relación entre la comunidad afroamericana y un presidente “de los suyos”, que quiso actualizar llegando a la Casa Blanca el famoso sueño americano. La mecha se ha encendido en Ferguson, ciudad en que en Agosto fue abatido a tiros el joven de 18 años Mike Brown por un policía que acaba de salir inocente en Noviembre.

La decisión judicial provocó la ira inmediata y la revuelta en la comunidad de Ferguson, un suburbio de la ciudad de San Louis, en Missouri. En esta ciudad las manifestaciones, respondidas con muchísima violencia policial, comenzaron pocos minutos después del anuncio. En una declaración televisada, el presidente Obama reconoció la frustración de “los compatriotas negros” a la vez que en la ciudad se declaraba el toque de queda. Los testigos, entre ellos periodistas de grandes cadenas, argumentaron que la violencia provino de la policía con material antidisturbios y gases lacrimógenos.
Cuando el presidente pide a la población de Ferguson mantener la calma y a aceptar el veredicto, la respuesta que en tromba sale de los manifestantes es “No hay justicia, no habrá paz”, haciendo brotar el empoderamiento sin miedo a las clases dominantes, a una policía que no suele delatar nunca a sus compañeros cuando alguno deja escapar una bala en algún cráneo. En una sociedad en que el pobrismo se halla en barrios latinos y afroamericanos, el gueto se levanta y su combate es también el nuestro.

Un asesinato policial claramente racista en una población de mayoría negra con una policía mayoritariamente blanca, insertado en una historia de sangre, ya sólo de por sí explica un absoluto desencaje de una situación social explosiva y cotidiana en que el 80% de los registros e identificaciones se hacen a personas de raza negra. El racismo sigue siendo institucional y la segregación que tanto se quiso combatir en los años 60 aún permea en la sociedad norteamericana aunque no de manera legal.

La federación sindical AFL-CIO ha publicado un artículo denunciando la actitud racista de la justicia norteamericana. Igualmente, un comité de la ONU contra la tortura también ha señalado el uso excesivo de la fuerza por la policía estadounidense y el jefe de la comisión de la ONU sobre los derechos humanos ha clamado en reiteradas ocasiones contra la práctica de la "discriminación institucionalizada" en los EEUU. Este crimen tiene una base económica y está fundamentado en la opresión de una raza sobre la otra. El capitalismo norteamericano se ha sustentado tradicionalmente en la esclavitud y sostiene la segregación como sistema de clases. La “colour line” define una estratificación social de clase: el acceso a la educación, vivienda y sanidad. Sirve como columna vertebral para ganar el favor de la clase trabajadora blanca y dividir la clase obrera para hacerle comprender cuál es el "lugar natural” de la población negra.

La estructura del estado y la economía de EEUU se insertan en un contexto cultural en que la propiedad tiene obligatoriamente un valor por encima de la vida. Todos los asesinatos mediáticos de los últimos años se encuadran en una legislación brutal gracias a la que cuando la propiedad privada es infligida se tiene derecho a empuñar un arma. Así, cuando Mike Brown desarmado cruza la calle y se atreve a responder a un policía que le apuntala mientras levanta las manos, sabe que le queda poco de vida.

Más allá de las reivindicaciones, se ha visto emerger en este movimiento una nueva juventud militante, más radical, que se enfrenta sin miedo a las fuerzas del orden, cuestionando incluso a los líderes tradicionales por la igualdad de los derechos como los activistas y pastores Al Sharpton y Jesse Jackson, ligados al Partido Demócrata, que llamaron a la calma y a la contención. La cólera de esta juventud se ha cristalizado con el asesinato de Mike Brown pero cubre todo un sistema y su caso no es aislado.

La inmensa mayoría de los jóvenes negros desempleados y estudiantes que ha salido a las calles de Nueva York, Boston, Los Ángeles o Atlanta son los mismos que acaban de dar la espalda a las urnas en las últimas elecciones legislativas de Noviembre. Si alguno de ellos votó y escogió la papeleta demócrata seducido por la martilleante campaña de marketing del “Yes, we can” en el ahora lejano 2008, ahora se ha dado cuenta que con ellos no va la cosa aunque comparta color de piel.

Así, 50 años después de las grandes luchas por los derechos civiles y bajo la presidencia del primer presidente negro de la historia del país, los sucesos de Ferguson arrojan una cruda luz sobre la situación real de la mayoría de los afroamericanos, y muy en especial en un tipo de criminalización masiva que les afecta desde la década de los 80 con el inicio de la ola neoliberal de manos de Reagan. Ésta se ha perpetuado hasta nuestros días bajo administraciones demócratas y republicanas. Las políticas de discriminación positiva han hecho igualmente que haya jefes de policía negros y patrones negros, sin embargo sólo busca evitar una distinción de clase: se necesita que quien reprima y explote sea del mismo color para que así la conciencia quede parcialmente neutralizada. Si hay que defender estas políticas contra los ataques que sufren desde la administración de Bush hijo, la excepcionalidad negra es una de las condiciones de funcionamiento del sistema de la criminalización de masas.

La crisis desatada en Ferguson persigue a Obama, quien desde el primer momento ha buscado equilibrar el respeto a la independencia judicial y la lucha contra el racismo pidiendo calma a los manifestantes y moderación a los mandos policiales frente a las numerosas protestas. Pero el tiro le ha salido por la culata, si se permite aquí la expresión, y la tensión racial está lejos de canalizarse. El asesinato de Mike Brown lo deja en una posición delicada y ahora evita identificarse como líder de una comunidad.

El problema, como se ha dicho, es que las relaciones raciales son un campo minado en EEUU. Precisamente por ser negro, el presidente demócrata se esfuerza por no emitir mensajes que un presidente blanco podría asumir con más libertad. Su imagen de político post-racial es indisociable de su llegada a la Casa Blanca y no quiere dejar de ser el presidente de todos, de los negros y de los blancos. Ser de una parte sólo ya no.

Mientras que el movimiento Occupy Wall Street logró poner de relieve las enormes desigualdades en los EEUU, esta revuelta hace hincapié en el racismo de estado de la sociedad capitalista estadounidense. En Ferguson, por primera vez en mucho tiempo, se ha forjado una nueva generación de lucha que rechazó volver a casa la primera noche de las protestas y dice que la elección de Obama no puso fin al racismo. Son ellos quienes subrayan el carácter de raza y de clase del conflicto. Demasiados policías para tan poca justicia para los negros pobres.

Tomás Martínez, militante de Izquierda Anticapitalista - Andalucía

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