martes, 1 de octubre de 2013

Testimonio a la querella arbolada por la jueza Servini por crímenes perpetrados por la dictadura franquista entre 1936 y 1977.

Acacio Puig, preso franquista - co-fundador de La Comuna y militante de Izquierda Anticapitalista nos remite su testimonio para la querella Argentina contra el franquismo.

Uno de los muchos testimonios de personas que lucharon y siguen luchando y por las que estamos aquí. No pararemos hasta que se haga justicia ¡No Olvidamos!"
 

Contra la impunidad del franquismo.
Testimonio a la querella arbolada por la jueza Doña María Servini por crímenes perpetrados por la dictadura franquista entre 1936 y 1977.


Yo, Acacio Puig Mediavilla, nacido en Madrid el 20 de enero de 1949, con DNI 50400086W y domicilio actual en Fragua 16/ 40529 Riaguas/España,
Declaro:

Fui detenido en mayo de 1973. Compartía domicilio con tres compañeros en la calle Pont de Molins número 82 de Madrid.

La fecha exacta de detención y posterior ingreso en la Cárcel de Carabanchel-Madrid me resulta al día de hoy, imprecisa, porque la documentación de que dispongo es contradictoria. Mi sentencia condenatoria por el extinto Tribunal de Orden Público, cita el 19 de mayo de 1973 como la fecha de mi detención. Años más tarde, la Secretaria de la Sección Quinta de la Audiencia Provincial de Madrid, certifica el 19 de mayo como fecha de inicio de mi ingreso en prisión. Todo lo cual carecería de importancia salvo por la prórroga de los interrogatorios sufridos entonces (el juez militar dio carta blanca, una vez transcurridas las primeras 72 horas…para seguir con “los interrogatorios”). Añadiré a ello la confusa adjudicación inicial de mi caso a la Jurisdicción Militar y los descuadres de fechas que, en su momento me impidieron, sin embargo, acceder a las arbitrarias y miserables indemnizaciones a presos políticos fijadas por orden 2455 de 19 de noviembre de 1999 de la Consejería de la Presidencia.

Sea como fuere, una noche de mayo del año 1973 fui detenido al entrar en casa. La policía política estaba dentro y al abrir la puerta fui encañonado por miembros de la BPS (Brigada Político Social) que ya se encontraban dentro. Su saludo: “si te mueves te mato”. Me acompañaba mi pareja y volvíamos del cine.

Encañonados nos condujeron al salón en el que dos compañeros que vivían con nosotros y fueron procesados en el mismo sumario, yacían en el suelo, esposados y ya maltrechos por los por los golpes recibidos. Entre un amplio grupo de miembros de la policía política reconocí a Pacheco, conocido como “Billy el Niño”: gabardina, ojeras, pelo largo y manos en los bolsillos que sacó de inmediato para propinarme algunos golpes porque “no le gustaba mi cara”.

Me trasladaron a la cocina donde había instalado un pequeño almacén de propaganda de la Liga Comunista Revolucionaria. Se trataba de publicaciones, octavillas y declaraciones políticas destinadas a difusión en el sector obrero madrileño. Allí fui de nuevo golpeado, incluidos culatazos de pistola, al negarme a responder sobre el origen de aquellos materiales escritos. También se encontraba allí un bote fumígeno, que fue evaluado días después por el coronel Miguel Sanz Alonso como “similar a los empleados por el ejército para producir nieblas de ocultación”.

Conducido después a los calabozos de la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol de Madrid, comenzó un largo infierno de palizas, torturas e interrogatorios con pequeñas pausas en los calabozos. Oscuros, húmedos y hediondos, los calabozos estaban tutelados por la policía nacional (policía armada...los grises). Gente que arbitrariamente negaba solicitudes de uso del váter, insultaba, golpeaba, completando las funciones de sus compinches de la policía política: quebrar la resistencia y autoestima de los detenidos, hombres y mujeres…Horrendo desdoblamiento de quienes vestidos “de calle” pasaban desapercibidos como “funcionarios y honestos cabezas de familia”.

Permanentemente esposado, los grilletes hundidos en las muñecas amoratadas y heridas por la presión, lo más llevadero que recuerdo fueron las palizas a mano descubierta: generalmente ruedas de poco diámetro, en que los golpes me lanzaban de los puños de uno a otro policía hasta llegar a uno más joven, con maneras de boxeador aficionado, que remataba faena con golpes secos en los costados y la boca del estómago.

Los radiadores fueron después usados como poste o rollo medieval. Esposado al radiador, a veces de frente a veces de espalda, a veces en cuclillas, se sucedían las tandas de golpes propinados con
las porras…que gustaban llamar “defensas” o “gomas”. De modo que el cuerpo entero quedaba a disposición de los golpes propinados por aquella banda de sádicos que se jactaban de su impunidad: “siempre seremos necesarios”, decía uno de los comisarios “yo ya era policía con la República”.
El regreso a los calabozos, servía para serenarse y observar los derrames, moratones y la hinchazón producida por los golpes.

Las primeras jornadas de “ablandamiento por maceración” las recuerdo como propias de un fascismo de casquería: golpes constantes, sin ton ni son, hasta el cansancio de los verdugos. Gritos e insultos, y los consabidos: “los demás están largando por los codos. Estás listo”.

El no lograr resultados durante esa fase inicial, es decir ni datos, ni pistas, ni autodenuncia, llevó a la intervención directa de Saturnino Yagüe, a quien años después se premiaría con la medalla al mérito policial. Policía pues, con la dictadura y también con la democracia: excelente momio.
Saturnino Yagüe, ex combatiente de la División Azul, con su estrellita fascista en la solapa de la chaqueta, cambió la escenografía. Me esposaron de pies y manos, entre dos sillas, en una sentado, en la otra, pies desnudos y esposados al respaldo, justo colgando un poco y Yagüe repartió a su tropa: dos torturadores dedicados a los pies, listos a destrozar las plantas a golpes de porra; otros dos a los costados, ocupados en golpearme muslos y costillas y detrás Yagüe, golpeándome rítmicamente desde la espalda en la base del cuello: izquierda, derecha, izquierda, derecha.

El entusiasmo policial fue tanto con semejante coreografía que se les escapó algún porrazo al compañero con que compartían tarea.
Seguro de que los cómplices habían entendido la mecánica de semejante apaleamiento sistemático, Saturnino les dejó hacer, presentándose de tanto en tanto para saber como iba “el interrogatorio”.
Probaron a veces la variante de tumbarme en la mesa y golpear con las porras…pero gustaba menos a aquellos canallas, porque impedía el eficaz golpe rítmico sobre la base del cuello que me producía calambres, dolor intenso y vértigos próximos a la pérdida de la consciencia.
A pesar de todo, los tres primeros días en la DGS no dieron los resultados apetecidos por la Brigada
Lo esencial: ¿Dónde está la imprenta? ¿Cómo llega la propaganda? ¿Donde los que mandan en la LCR?” no salía. Con lo que tenían, solo podían sacarnos de la circulación, pero no “desarticular nada”.

Por eso el siguiente paso, transcurridas las 72 horas “legales”, fue conducirme ante el Juez Militar (un coronel –creo- cuyo nombre no he encontrado y de firma ilegible en algún documento de entonces). Mi primera comunicación al juez militar fue un escueto: “estoy siendo torturado”. Su respuesta inmediata fue cruzarme la cara con dos bofetadas “en aspa de molino”, preguntar si había declarado algo de interés y ante la negativa policial, concluir: “llevaros a este hijo de puta y retenedlo los días que haga falta, no hace falta que volváis. Tenéis mi autorización”.

La vuelta a la DGS supuso más de lo mismo con el añadido de periódicos pateos sobre el suelo y esposado, más andar haciendo “el pato” y prolongar la masacre de las plantas de los pies.
Con la policía política cansada de golpearme y yo alarmado por las palabras del juez militar, opté por modificar mi estrategia de silencios y desprecio pensando que no iba a salir de aquello. Finalmente opté por auto denunciarme como militante de la LCR y ceder ante la meticulosa revisión policial de mis papeles caseros entre los que había un croquis de la manifestación del reciente primero de mayo, un cómic realizado por mí sobre un último reparto de octavillas en el metro con las caricaturas de los participantes y algún número de teléfono de nuestro grupo de difusión de propaganda en la calle, con el triste resultado de identificar a un compañero detenido e incorporado después a nuestro sumario.
No tengo conciencia de cuantos días más permanecí en la DGS. Al volver del encuentro con el juez militar con vía libre para seguir golpeándome los días necesarios, mi energía se concentró en salir sin delatar.

Viví la salida hacia la Cárcel de Carabanchel como una liberación, ingresando en penoso estado físico. Meses después recurrí, mediante mi abogado Alberto Ruiz Secchi, ante el Juzgado Militar Permanente número 2 de Madrid (sumario 151 del año 1973/ petición fiscal de 13 años)
demandando “se tome declaración al responsable de los servicios médicos del Centro de Detención de Hombres de Carabanchel…solicitando transcripción del dictamen médico sobre las lesiones observadas tras el ingreso, el tratamiento aplicado y los días de curación de las lesiones”.No hubo respuesta, los partes médicos no se encontraban. De ese modo la “policía médico penitenciaria” del franquismo burlaba su propia legalidad encubriendo a los otros aparatos represivos del régimen. Aún meses más tarde, recibí una visita “médica” externa que “al no encontrar vestigios de lesiones externas” desestimó por completo la citada reclamación. Al cabo de tantos meses no habrían encontrado vestigios ni siquiera de fracturas, cuanto menos de hematomas, derrames y contusiones.
Recuerdo las palabras de uno de aquellos funcionarios de la policía política, probablemente de mi misma edad (el “boxeador aficionado” que citaba anteriormente) decía “verás más adelante, cuando pasen los años, te va a baldar la artrosis”. Tengo 63 y por fortuna la artrosis no se presentó, sin embargo, uso plantillas ortopédicas desde antes de cumplir los cuarenta: un recuerdo de aquellos días.
La cárcel fue resistencia y lucha. Recluido inicialmente en la 7ª Galería (de peligrosos y fuguistas), después en la 5ª y finalmente en la 3ª, la llamada de Presos Políticos aunque el término estaba excluido del vocabulario del régimen y sus policías correspondientes: la carcelaria, la judicial y la política, la BPS es decir la Brigada Político Social.

Finalmente, los militares se inhibieron a favor de la llamada jurisdicción ordinaria, el Tribunal de Orden Público (TOP) y el nuevo sumario (231 de 1974) pasó a manos del Juzgado de Orden Público nº 2, presidido por José Francisco Mateu y siendo magistrados José Redondo Salinas y Fernando Méndez Rodríguez.

Celebrado el juicio, el 25 de febrero de 1975 fui condenado a 5 años de prisión por delitos de asociación ilícita y terrorismo, además del pago de las costas procesales. Dentro de las limitaciones del momento, realicé lo que llamábamos “un juicio político” proclamando mi defensa de las libertades públicas, denunciando la dictadura y subrayando mi militancia comunista revolucionaria en pro de la emancipación social. El juez Mateu amenazó con desalojar la sala y celebrar el juicio a puerta cerrada.

Allí acabó todo y de vuelta a la cárcel lamenté la decisión supletoria de “comiso del material ilícito intervenido en la detención”. Entre esos materiales se encontraban viejos libros editados durante la República, de autores como Andréu Nin y León Trotsky a los que tenía especial cariño por su interés histórico y político.

El 17 de mayo de 1976 obtuve el certificado de liberación definitiva y salí a la calle. Había cumplido íntegros tres años de cárcel, perdido la mayoría de las muelas como consecuencia de deficiente alimentación, participación en todas las huelgas de hambre convocadas y un servicio odontológico carcelario lamentable. Salí también con furunculosis crónica, que hasta 1978 no pudo atajar mi médico de familia.

Salí de Carabanchel con la misma vocación de cambiar el mundo de base con la que entré y seguí mirando adelante. Solo ahora, constatando la absoluta impunidad de un régimen criminal y su amarga herencia, me resulta imprescindible contribuir individualmente y desde los ámbitos asociativos posibles, a ajustar cuentas con aquel pasado exigiendo justicia y reparación.

En Riaguas de San Bartolomé, estado español, el 13 de marzo del año 2012.

Acacio Puig Mediavilla
Preso Político del franquismo.

3 comentarios:

  1. Gracias por la publicación de mi testimonio como querellante ante la justicia argentina.
    Desde mis 65 años, creo de interés documentar que 40 años de francofascismo son muchos años para "pasar hoja". En buena medida, de aquellos polvos estos super-lodos.
    Abajo el Gobierno Rajoy.
    Acabemos con la impunidad del franquismo.
    Acacio Puig.

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    1. Acacio, hola,, este mensaje es para restablecer nuestro contacto. Salud,

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  2. Gracias Acacio por tu testimonio. Gracias por mantener la memoria viva contra la impunidad del fascismo y sus herederos.

    Cabaña

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