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jueves, 8 de mayo de 2014

Activismo ¿Compromiso o sacrificio?

 
El activismo político es colectivo, por tanto implica compartir experiencias tanto buenas como malas.
 
Ángela Solano

Fuente: www.enlucha.org

El activismo político es una actividad casi diaria, independientemente de la intensidad que cobren en ese momento las movilizaciones; una dinámica que tiende a establecerse al comprender el porqué de las injusticias sociales y de qué forma podemos combatir su origen.
Las herramientas que vamos adquiriendo por medio de la formación y la práctica para analizar la realidad se transforman en una parte más de nuestro ser, hasta que mecanizamos ese proceso para tratar de leer siempre entre líneas. No importa si se trata de la situación económica internacional o de nuestra vida personal: ese entusiasmo que experimentamos al interrelacionar conceptos y realidades siempre nos anima a continuar “rascando”.
Sin embargo, sería ingenuo afirmar que el activismo político no conlleva también frustraciones o una carga de trabajo por nuestra parte.
El bagaje, tanto teórico como práctico, no es algo que se adquiera de la noche a la mañana, debe ser contrastado constantemente. Asambleas, manifestaciones, lecturas y discusiones -no siempre amigables- son algunas de las responsabilidades que asumimos, y todas ellas exigen un tiempo que invertimos voluntariamente, renunciando a otras actividades.

Contra corriente

También son consecuencia de nadar contra la corriente de las ideas hegemónicas: somos una minoría dentro de la sociedad. Eso nos sitúa a menudo en una posición de desventaja, traduciéndose a veces en la incomprensión por parte de amistades y familiares. Incluso las relaciones entre las propias organizaciones pueden resultar complejas, lo que unido a la lentitud del proceso y todas sus dificultades, mina nuestro ánimo.

“Si eres libre, ese es el precio que tienes que pagar: la soledad”, decía Chavela Vargas. ¿Es esto cierto? Defendemos posturas que suelen chocar con las convicciones actuales, y es lógico que así suceda. Son derechos que pretendemos conquistar, reivindicaciones que hasta ahora han sido ignoradas, y ese es precisamente el motivo que nos lleva a ponernos en pie; pero nunca, jamás, luchamos solos.

 Militancia es compañerismo, personas que vemos todas las semanas en nuestra organización o que comparten nuestra lucha, pero también personas que nunca conoceremos y que como nosotros se resisten a guardar silencio. Tenemos un mundo por construir, pero aunque el camino sea largo, una activista jamás está sola, porque su confianza en las personas la hermana con todas ellas, y porque su lucha la une a millones: tanto a aquellas personas que padecen las consecuencias de este sistema de forma más atroz, como las que se esfuerzan en destruirlo. Esa solidaridad que sólo puede forjarse en la lucha comprende el auténtico motor que nos impulsa a seguir adelante. Sin ella, la militancia no tiene sentido; la soledad queda por tanto descartada.

Entonces, ¿implica el activismo un compromiso? Claro que sí, pero para cambiar la realidad hay que comprometerse con ella, comprende una cuestión de coherencia. Es un reflejo de nuestra determinación: militamos porque nos negamos a permanecer estáticas, a ser explotadas o manipuladas. ¿Constituye eso un sacrificio? Definitivamente no. Militar es una forma de tomar partido, pero también una convicción política. No se trata de un eventual pasatiempo ni tampoco de voluntarismo: sabemos que la lucha funciona, por eso estamos aquí. Y que no nos engañen: nunca, jamás, luchamos solas.

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