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martes, 23 de junio de 2015

DE LA FABRICACIÓN DE ESCÁNDALOS ARTIFICIALES.

El caso Zapata sigue llenando páginas y páginas de gentes inmersas en un éxtasis propio de la Semana de Pasión: ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! Toda la derecha brama desde LA RAZÓN a EL PAÍS mientras blogs, tuits y otras herramientas virtuales, humean en ferviente actividad. (¡Qué asquito, pero qué asquito!)

Podríamos glosar aquello de “dos pesos dos medidas” (Charlie Hebdo versus Zapata) o navegar por Internet y desvelar las tramas negras de quienes no se resignan a perder progresivamente parcelas de su cortijo hispano y se afanan en la caza con trampa.

Pero quizá mejor releer (y recomendar) un breve relato escrito por Máximo Gorki en Estados Unidos en el lejano 1906. Con título “El sacerdote de la moral”, la sátira de Gorki forma parte de “Mis interviús” que la editorial Progreso integró en un librito titulado “La ciudad del diablo amarillo y otros ensayos”. Resulta muy instructivo sobre las estrategias de camuflaje del poder.
El personaje oscuro que visita a Gorki, tiene la curiosa profesión de delinquir contra la moral pública (pequeños escándalos de calle) y forma parte de una extensa organización estatal, disciplinada y jerarquizada, cuya actividad es “hipnotizar a la opinión pública” mediante la provocación de pequeños escándalos para encubrir los grandes crímenes ya que, como bien dice “en general todos los grandes delitos desaparecen bajo una multitud de hechos menudos”.
La organización secreta aturde al pueblo con pequeños escándalos organizados para encubrir los vicios del poder. En ese estado de hipnosis, los de abajo no tienen tiempo para pensar por su cuenta, solo escuchan a los periódicos que son propiedad de los millonarios y la sucesión de pequeños escándalos fabricados opera como niebla de ocultación de los grandes, los propios de un sistema criminal (y no vamos a detenernos en sus crímenes, bien conocidos y mejor disfrazados).

Si abordásemos el caso Zapata desde espacios menos pantanosos que el propio de la política institucional (y el venenoso desequilibrio que viene al caso porque cubre aspectos delicados de la segunda guerra mundial ¿Quién valora los veinte millones de rusxs muertos en su transcurso como la gran tragedia generada por “la lucha por el espacio vital hitleriano”?) si abordásemos digo, desde la especificidad de espacios como el humor y su autonomía respecto a la vida material… el asunto también tiene su poquito de miga.

El humor tiene una dimensión de catarsis, de escape precisamente de la barbarie de la vida real…la trasciende ilustrando horrores que la palabra es incapaz de resolver y de los que se fuga mediante la risa…y la risa no es siempre la misma ni tiene la misma intención. Sigue siendo de inmensa actualidad la atroz lucidez de Jonathan Swift, el genial irlandés muerto en 1745 y autor de Los Viajes de Gulliver.
Swift escribió relatos de humor negro (más crueles que los del bueno de Max Aub ¿conocen sus “Crímenes ejemplares”? Hay que leerlos). Pues bien, el relato de Swift titulado “Una modesta proposición para evitar que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o su País y para hacerlos útiles al público”, denuncia la miseria de la Irlanda colonizada y propone, nada menos, que la cría y engorde de bebés para consumo gastronómico destinado a terratenientes.
¿Quién da más que Swift? Parece que viene al pelo en un mundo cada vez más desigual y en el que el último obsequio informativo presentado por ACNUR (Alto Comisionado de Naciones Unidas para Refugiadxs) eleva a 60 millones de personas los desplazamientos forzosos por conflictos bélicos…60 millones hundidos en la miseria, rechazados y sin futuro.

En definitiva ¿Hay que prohibir a Swift o hay que desmilitarizar, distribuir aplicando rigurosas políticas de igualdad, hacer justicia y expropiar  a los amos del chiringuito?

Lo lamentable es que perdiendo conciencia de donde estamos y hacia donde urge  que caminemos, los nuevos alternativos se asusten, se humillen, acepten el trágala y disimulan en un mundo en que frente al venenoso enemigo, solo cabe aquello de ¡vista al frente y mala leche!

Acacio Puig

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