viernes, 5 de febrero de 2016

LA MATANZA DEL DIA DE SAN VALENTÍN

Por Eduardo Nabal


No escribo contra el amor. Porque hay muchas clases de amor, la palabra se queda pequeña y gastada, corta y larga, como hay muchas clases de climas, temperamentos, de odios, de sentimientos, de símbolos que cambian de significado. Escribo contra el amor como institución, como dogma, como droga, como algo a lo que une un contrato, una hipoteca, que cierra una puerta, que conlleva una correa invisible, hetero o no. 

Se acerca el día de San Valentín y el amor se convierte en cosa de dos y de la sociedad en la que vivimos inmersos con sus incuestionados “valores”. Puede llegar a ser un don precioso o una seria amenaza para la libertad y la seguridad como dice Laura Kippnis en su libro “Contra el amor”, que es más bien una diatriba contra la monogamia en EEUU de finales del siglo pasado. El amor, el deseo –como nos recuerda Foucault- nunca han sido libres del todo, circulan, se transforman, se negocian; así que los que lucharon por el amor libre fracasaron, en cierta medida. 

Los que lucharon porque su amor fuera reconocido no fracasaron del todo pero fracasaron al cuestionar esas instituciones que lo apuntalan con ferocidad como la heterosexualidad obligatoria, la pareja cerrada, el matrimonio por la Iglesia o el juzgado y una imaginería cada vez mas sofisticada o virtual que lo convierte en algo grande, en cinemascope, sagrado, en algo puro y a la vez en algo de lo que hay que hablar con reverencia y precaución. La violencia no es ajena a las parejas del mismo sexo, porque muchas veces el disco duro que nos precede y no conoce de orientaciones. El amor puede ser arma o el látigo de los puritanos y a la vez el sacrificio de los inocentes, un arma de doble filo. Pero siempre doble. Se nos venden y se nos lanzan demasiados mensajes para llegar al amor sin saber no solo como es sino como no tiene que ser o no ser, y de ahí surge el gran patinazo. Y es ahí donde Disney triunfa sobre Dionisos dónde, como decía Auden, llora la anárquica Afrodita y triste esta Eros revolviéndose en su tumba, en su cárcel dorada. En ese nuevo dualismo de las parejas cerradas y del amor que no construimos nosotros sino que nos dan como y cuando tiene que ser o suceder. Y hasta donde. 


En nombre del amor se remueven fortuna, muchas fortunas apuntalan al amor, otras lo apuñalan sin piedad, el amor disfraza la violencia y las violencias, oscuros intereses, en nombre del amor se han desencadenado guerras, ahora se cometen crímenes en los interiores domésticos, en nuestras casas o las del vecino/a, ese ideal se vuelve violencia cuando se impone como un símbolo que hay que alcanzar, hacer durar y que además no conoce, o no conocía hasta hace poco más que muy pocas variantes, sobre el que no se ha estudiado porque se consideraba tan natural como un fenómeno meteorológico, y siempre basado en presupuestos como la fidelidad, el sacrificio, el poder. Se han escrito bellas historias de amor y desamor pero las mas profundas decían algo más, nos hablaban de otros elementos que pueden acompañar o no al amor como la amistad, la solidaridad, el erotismo, la soledad, la rebeldía, la aventura, la lucha cotidiana en contra esa clase de amor del que hablan hasta los curas, asesinando inocentes de todas las edades, crédulos de las viejas historias banalizadas por los siervos del amor romántico, del folletín radiado, del amor servil, del amor patriarcal, del amor incondicional. Ese amor no es malo en sí, pero se ha cobrado muchas víctimas, también vidas humanas. Porque queramos o no el amor cambia con la historia y las sociedades. El amor puede ser como un automóvil nuevo, algo prefabricado y no siempre seguro. Los que optan por caminar a su aire no están siempre bien vistos pero son más libres y corren menos riesgos (sobre todo si utilizan látex) 

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