Teresa Rodríguez (Docente, sindicalista y activista social)
Recuerdo perfectamente mi primera manifestación del 8 de marzo. Hasta que llegué a la ciudad para estudiar, el 8 de marzo para mí era poco más que un corta y pega de murales en el instituto, actos institucionales aburridos a morir y lazos morados. Allí conocí y me mezclé con feministas de todas las edades, las que tenían ya en sus arrugas marcada rabia y ternura en una simbiosis perfecta y las que nos habíamos abrazado a la historia de las nuestras para cambiarnos a nosotras mismas para siempre. Las más jóvenes habíamos, por fin, encontrado el relato que nos faltaba y daba sentido a nuestra existencia anterior. Allí, entre las feministas, encontré la explicación de un malestar viejo y difuso, un malestar expresado antes por la Martirio, María Jiménez o la Jurado.
Elaboré explicaciones concretas, alejando el odio, a vivencias personales, a pequeños y grandes abusos sufridos siempre en silencio, al cuarentón que se me arrimaba en el autobús del instituto incomodándome a diario, a los comentarios cotidianos por conocidos y extraños a los primeros síntomas físicos de mi pubertad, a las cien veces calladas frustraciones de las primeras relaciones sexuales, a las dosificaciones del deseo, al disciplinamiento, siempre tortuoso, del propio cuerpo, a la certeza resignada de que a las mujeres en mi entorno solo les quedaban los ansiolíticos o los antidepresivos para soportar la vejez.


