Si es verdad que Gramsci no se equivocó en diagnosticar que en ese claroscuro entre el viejo y el nuevo mundo nacen los monstruos, a la vuelta de la esquina podríamos ver salir de sus marginales laboratorios especímenes de todo tipo, fermentando al calor de la profunda crisis de la eurozona un bestiario dispuesto a morder inteligentemente en las instituciones de una forma casi generalizada. Entre los frescos y murales de las resistencias de los pueblos de Europa se teje una sinuosa red de pinturas negras comiendo terreno y bebiendo de la desesperanza de la clase trabajadora. En las últimas dos décadas de la onda neoliberal, la larva de la fascistización de las derechas nacionales y populistas ha puesto huevos, ha ganado cierta confianza y se ha ido asentando en los parlamentos.
Las próximas elecciones europeas constituyen una oportunidad para una ultraderecha que ya saca músculo en el continente, alimentada de manera bastante dosificada, al igual que al Minotauro cretense, por los propios gobiernos, a base de agitar el ascenso del paro, el miedo creciente a la inmigración, el descontento popular y el descrédito en el que se encuentran sumidos los partidos tradicionales.

